The throwdown

Cygnus Red Stars en acción

A ocho meses de haber tenido mi primera clase de introducción a CrossFit (con super Pau de Prado), decidí participar en el CCF360 Throwdown. Aquí les comparto 10 cosas que pasaron rumbo a mi primera competencia (y otras que pensé después):

  1. Me inscribí. Desde que vi la convocatoria, aunque llevaba 8 meses haciendo CrossFit, me entusiasmó muchísimo la idea de competir en equipo y por supuesto que me vi wodeando con Tona, Peter y Fede, dándolo todo. Analicé los requerimientos para la categoría de Escalado y creí que, aplicándome, podría llegar a tenerlos todos antes de la competencia: subir 10 libras a los pesos, pull ups, el paso obvio antes de las C2B pull ups, double unders, rope climbs y handstand walk.
  2. Me dio miedo: por supuesto que nadie desea lastimarse previo a una competencia, sin embargo, el cuerpo está vinculado a la mente y ésta es muy poderosa. Los entrenamientos sabatinos rumbo al Throwdown comenzaron a ponerse rudos y a incluir cosas que aún de niña me daban terror, por ejemplo: pararme de cabeza. Así, fue justo durante uno de los entrenamientos que ir al hospital fue lo mejor que se le ocurrió a mi inconsciente para escapar a los intentos de handstand walk que me aguardaban y, pues… box jump fallido y la frente abierta.
  3. Acepté el reto: durante la semana que estuve de reposo debido al punto anterior tuve tiempo de meditar sobre mis miedos y mis motivaciones, que al final fueron más grandes y poderosas, y me prometí echarle muchas ganas. Así fue que logré que mi 1 REP MAX de 95 lbs en C&J se volviera algo fluido y rutinario, tiré a la basura mi miedo a las alturas y pude subir la cuerda por primera vez, mejoré mis T2B y sudé y sudé para sacar mi primera pull up kippeada. Pero igual…
  4. Lloré cuando publicaron los wods 2 y 3: porque no me sentía capaz de levantar un thruster de 95 lbs y aún no me salían las C2B pull ups… y porque fue tremendamente frustrante pensar que, por primera vez en mi vida, estaba siendo el lastre en un equipo, conformado por atletas con mucho mejor rendimiento y habilidades mucho más desarrolladas. Cuando llegó el momento de ensayar el estos wods fue un alivio poder hacer uno, dos y tres thrusters con 95 lbs sin problemas. Obvio, me sentí la mujer maravilla.
  5. Me lesioné: la motivación que gané al ver que mi cuerpo es más poderoso de lo que pensaba se derrumbó cuando una dolorosísima contractura de la pantorrilla izquierda, producto de mi perseverancia para sacar los double unders, me inhabilitó hasta para hacer box jumps y correr… Por experiencias previas, sabía que debía descansar y tratarla para que no se volviera algo grave, pero eso requería …pues… dedicarle tiempo y dejar de entrenar justo lo que me faltaba.
  6. Renuncié a mi equipo. A una semana del registro. Bajo tanta presión, de verdad pensé que les ayudaría más si cedía mi lugar a una mujer con más habilidades o experiencia. Les pedí que la buscaran y que si de plano no encontraban a nadie mejor, pues ya me rifaba. Por suerte, mi equipo no renunció a mí. De hecho, me dieron un cubetazo de realidad: “nadie más que tú tiene un problema en seguir con este equipo”.
  7. Recordé lo bien que se siente superar, o al menos intentar hacerlo, los obstáculos (físicos o mentales), y que el bienestar y la auto confianza derivados de ello suelen perdurar y empapar todos los aspectos de la vida.
  8. Recordé lo mal que se siente haber sido una gallina o huir de los desafíos… y que las sensaciones de frustración y auto desprecio TAMBIÉN suelen perdurar y empapar todos los aspectos de la vida. El riesgo de quedarme atrapada en esos sentimientos me espantó mucho más que el riesgo de no poder con los wods del Throwdown.
  9. Aprendí a ser compasiva conmigo misma. O bueno, lo estoy aprendiendo. Porque era verdad, yo era la única que tenía un problema siendo el eslabón débil. Pero para dejar de serlo primero tenía que aceptarme, con todo y mis limitaciones, para poder mejorar. A esta altura recordé, también, por qué empecé a hacer CrossFit y lo conmovedora que me parece la belleza que emana de la vulnerabilidad evolucionada en fuerza y fortaleza.
  10. Volví a aceptar el reto, pero con otro enfoque, sabiendo que ya tenía saldo a favor: ahora, a diferencia de hace 10 meses, puedo hacer ochocientas cosas que hace un año ni se me ocurrían, me veo y me siento muy bien, he conocido a gente maravillosa… sólo quedaba honrar el trabajo realizado durante todo este tiempo dando lo mejor de mí, estando ahí para mi equipo, y estando ahí para mí: para cuidar y honrar a ese valioso, poderoso y único conjunto de huesos, músculos, tendones, drivers y emociones que me componen, entre otras cosas, y alentarlo a que siga creciendo y aprendiendo, a que se haga más fuerte, potente, flexible, resistente, etc.

Bajé de esta montaña rusa emocional a tiempo para poder disfrutar a mi equipo y cada minuto de la competencia, a la que sobreviví. Estaré eternamente agradecida con Peter, Fede y -sobre todo- Tona por su paciencia, sus palabras y sus actitudes (estuvieron conmigo hasta en el hospital)… y las chelas del final:) Sabía que son excelentes atletas, pero probaron también ser increíbles personas, que merecen llegar más lejos de lo que llegaron en esta competencia, y seguramente lo harán. Fui muy afortunada de tenerlos como equipo y espero poder competir a su lado alguna otra vez.

También, estaré eternamente agradecida con mis padres y mis hermanos, que hicieron el esfuerzo de ir a verme los dos días y cuya presencia fue crucial para terminar el último wod; con mi suegra, que a dos días de conocerme me dio el masajito de chamorro más efectivo de la historia, también crucial para terminar el último wod; y con las mamás de Fede y de Peter, quienes, sin saberlo, me ayudaron a guardar la calma y ordenar mis emociones el último día.

Mi cuerpo llegó al lunes en un estado de agotamiento brutal, pero mi mente puso una gran sonrisa de satisfacción en mi cara y en mi historia. Nunca antes había competido en un deporte (o bueno, nunca antes me lo había tomado en serio o me había importado), y lo único que lamento es no haber vivido esto hace 10 ó 15 años.

Mi viaje de preparación hacia el Throwdown me mató y me dio la vida numerosas veces. Me puso en un estado de supervivencia y estrés permanente, me hizo sentirme vulnerable física y emocionalmente, me obligó a enfrentar el miedo de salirme de mi territorio, de crecer, me ayudó a mirar el interior de otras personas y a observar la competencia desde otra esquina. Supongo que, más o menos, en eso consiste ser humano.

Un mucho de respeto

En mi opinión, tratar de categorizar a las personas que habitan la ciudad y “confinarlas” (como si fueran indeseables) a un espacio para transitar es una tarea útil pero insuficiente; la práctica nos demuestra en las narices todos los días que las cosas no son tan simples y, al final, cada persona se apropia del espacio público y ejerce su derecho al libre tránsito como puede. Es así que vemos pabellones de comercio informal sobre las banquetas, amantes besándose a mitad de la ciclovía, ciclistas sobre los pasos peatonales, rodando sobre los camellones o en sentido contrario, patrullas obstruyendo rampas en las esquinas, o motos o automóviles estacionados sobre las aceras, por mencionar algunos ejemplos.

Paradójicamente, las dos veces que me han atropellado han ocurrido en espacios “confinados” a ciclistas. La primera, estaba por incorporarme a la ciclovía de Circuito Gandhi (donde los carriles indican que se debe dar prioridad al ciclista) cuando una chica me dejó ir el coche y me tiró. Asustada, se bajó y, después de preguntarme si estaba bien, se disculpó diciendo que se había distraído con su teléfono. La segunda, estaba cruzando Insurgentes a la altura de Viaducto cuando de la nada salió un taxi que, nada más porque era domingo, se dio el lujo de pasarse un alto. Pudo haber sido fatal, pero el señorcito derrapó llanta a tiempo y su fascia alcanzó a tocarme sólo el pie.

Voy a incluir en este rant una cita esperando que, si son automovilistas, reconozcan cierto derecho de antigüedad de la bici (que, literalmente, pavimentó los caminos para dar paso al automóvil), o al menos su enorme relevancia en la configuración de las sociedades occidentales del siglo pasado. Y si son ciclistas, espero que se emocionen tanto como yo cuando lo leí por primera vez y se enorgullezcan de dar continuidad y ser parte de este movimiento, y lo respeten y lo dignifiquen:

By the end of the decade [1890], the bicycle had become a utilitarian form of personal transport for millions – the people’s nag. For the first time in history, the working class became mobile. As they could now commute, crowded tenements emptied, suburbs expanded and the geography of cities changed. In the countryside, the bicycle helped to widen the gene pool: birth records in Britain from the 1890s show how surnames began to appear far away from the rural locality which they had been strongly associated for centuries. Everywhere, the bicycle was a catalyst for campaigns to improve roads, literally paving the way for the motor car. 

Robert Penn. It’s All About The Bike. The Pursuit of Happiness on Two Wheels. Particular Books/Penguin, 2010. (joyísima)

En fin, si vamos a esforzarnos en algo, que no sea en debatir sobre quién merece más las calles o más espacio. Todos vivimos, gozamos y sufrimos la ciudad en alguna magnitud y en diversidad de transportes. Mejor, esforcémonos en respetar el espacio vital, el espacio común, el tiempo y el turno de los otros (pautado por los semáforos o la utópica ley del “uno y uno”), respetar las señales de tránsito, las decisiones de las personas sobre cómo transportarse, ejercitarse o recrearse, respetar la propia vida y la de los demás al concentrarnos 100% en conducir -en sobriedad- lo que sea que conducimos. Tener un automóvil o una bici o una silla de ruedas no nos hace más o menos importantes ni nos da o quita derechos sobre el espacio común; el respeto a los otros, en cambio, sí nos hace mejores personas.

If you wanna go fast, go alone. If you wanna go far, go together.

On the road

El autódromo fue el lugar donde se gestó el affair con mi bici y el ciclismo. Sin embargo, eventualmente un circuito de 4.3 Km puede terminar siendo como una gran rueda de hámster. Mi búsqueda de nuevas rutas y pistas coincidió con la preparación de Mario para su tour californiano de verano. Así, un domingo de junio Mario y yo salimos desde su atelier de ciclismo, Distrito Fijo, hacia Texcoco de Mora. Esa fue mi primera rodada de ruta.

Un día antes planeamos el trayecto para que no fuera tan traumático (para mí, obviamente); todo el Eje 4, Churubusco, por atrás del aeropuerto hasta llegar a la Av. 508 y ya estábamos en la autopista: 42.16 Km de ida y algo similar de regreso. Tuve miedo de verdad, pero antes de llegar a la Condesa logré calmar mis nervios, pues iba con un inmejorable y diestro acompañante. Meses antes, Mario había recorrido las carreteras de Holanda, Bélgica e Inglaterra para llegar a The Bicycle Academy, y participado en el mundial de bici mensajeros que se llevó a cabo en la Ciudad de México. Además, a diferencia de la suya, mi bici sí tenía frenos.

Todo transcurrió muy bien hasta el descenso del paso a desnivel que lleva justo a la T1 del aeropuerto, donde un cachito de banqueta que por alguna razón no vi me hizo caer al suelo a unos 35 Km/hr. Por fortuna, en esta caída sólo perdí piel, ya no los dientes, y además todos los guardias, taxistas y el equipo médico del aeropuerto me trataron increíble.

Texcoco-curación

A pesar del percance, del desmadre que se hace por el mercadito que se pone en la salida a la autopista, de las severas inundaciones en los primeros kilómetros y la consecuente empapada y enlodada de trasero, gocé muchísimo la rodada… y, por supuesto, el almuerzo de campeones que nos procuramos al llegar allá.

Durante el paseo, Mario tuvo tiempo de observar a qué altura estaba mi asiento, mi postura, y seguramente ocho mil rubros más. Así fue que eventualmente me propuso hacerme un bike fit (una de las muchas cosas que aprendió a hacer en The Bicycle Academy) antes del duatlón.

Como ya mencioné antes, el cuerpo se adapta casi a todo, pero eso no quiere decir que no haya que tomar en cuenta sus particularidades biomecánicas. Después de todo, a diferencia de la inmensa mayoría de bicicletas, los cuerpos no se fabrican de manera masiva. Y bueno, obviamente la idea es que tu postura en la bici genere la menor resistencia y fatiga posibles, y así mejorar tu rendimiento.

Nunca pensé que un bike fit fuera a hacer una diferencia tan grande en el grado de comodidad y confianza que tengo respecto a mi bici. Todos los ajustes milimétricos se tradujeron en una experiencia general mucho más cómoda, una gran diferencia en la potencia con la que puedo pedalear, el desgaste al que estaba sometiendo la espalda baja o las rodillas, y la tensión acumulada en el músculo trapecio. La prueba de fuego fue el duatlón; un buen bike fit es necesario para recorrer distancias medias y largas.

Al terminar el duatlón, junto con mi medalla, mis plátanos y mi bebida isotónica, recibí ochocientos flyers con información sobre enemil eventos deportivos, pero uno me llamó la atención más que cualquier otro: el Gran Fondo Triple 3000 a Valle de Bravo. Se trataba de 138 Kms en los que había que subir tres puertos a más de tres mil metros de altura. Pensé que estaría padre hacerlo… algún día que tuviera mejor condición física (porque no era lo mismo que ir a Texcoco) y presupuesto. Por azares del destino, Erick, quien sí se había inscrito al magno evento, cayó enfermo y me cedió su número. Sobra decir que no me había preparado como creo que uno debe hacerlo para una prueba así, pero, como me dijo un sabio malabarista: si no iba y me medía, nunca sabría si estaba o no lista para hacerlo. Pues total, si no podía, la barredora estaba para recogerme. La altimetría de la ruta nos la pintaron así. Los tres picos corresponden a Tres Cruces, Nevado de Toluca y Piedra Herrada, respectivamente.

altimetría Gran Fondo 3 x 3000

Podría intentar describirles cómo fue cada etapa de este gran fondo, pero llegué a la conclusión de que cada quien lo experimenta de manera muy distinta. Por ejemplo, hubo gente que me decía que en la segunda escalada (Nevado de Toluca) se le había “aparecido Dios” y para mí fue la más cómoda. Lo que sí puedo decirles es que los descensos me daban pánico. Del primero no recuerdo nada, salvo que hacía muchísimo frío y había niebla. El segundo fue una gozada; pude poner en práctica toda la teoría y la técnica para coger las curvas y el sol me regaló mis primeras líneas de bronceado de ciclista en las piernas. Antes de iniciar el último descenso, de 20 Km,  nos anunciaron que en algunos tramos estaba lloviendo y el pavimento no estaba en las mejores condiciones. Aunque me puse lo que sigue de nerviosa, supe que sólo había una manera de bajar, porque no había llegado tan lejos para subirme a la barredora. Bajé y bajé, concentrada al máximo y sintiendo ese miedo que nos hace ser una versión casi perfecta de nosotros mismos. Cuando vi la desviación hacia la meta y las vallas casi lloro de emoción. Y sí, le di un besito a mi bici cuando la dejé para ir a comer.

GranFondo

Al final de cualquier cosa acostumbro hacer una lista de aspectos que podrían mejorar, y creo que esta vez los items serían: 1) llevar cámara de refacción, herramienta y bomba, 2) aprender mecánica básica y no tan básica, 3) llevar SIEMPRE los lentes, 4) llevar una muda Y DESODORANTE, 5) me urgen unos estos zapatos de contacto, porque obviamente mis fines de semana on the road apenas comienzan.

Sucede que uno llega solo a la meta y vuelve a casa gracias a y con nuevos amigos y conocidos, porque cruzando la meta todos somos como hermanos. A algunos los hermana el sentido de competencia, a otros el de libertad, el simple gusto por la actividad física en exteriores, el goce de los paisajes (porque tendrían que verlos!!), o la suma de todo lo anterior y otros factores. Insisto: hay que aprender a aullar para llamar a la manada.

Duatleta

Duatleta

En alguna de las visitas al autódromo me descubrí completamente entusiasmada en medio del efecto Doppler provocado por todos los ciclistas intensos que zumbaban al pasarme de largo. Se me hizo fácil pensar que si ya corría y me gustaba tanto rodar, tal vez sería buena idea hacer un duatlón.

Mi entusiasmo topó con la dura pared de la realidad cuando durante un entrenamiento vi que, aún dándolo todo, no pocas personas me rebasaban sin esfuerzo. Como premio de consolación, Herr Handerman me dejó dar una vuelta al circuito del autódromo sobre su Orbea. Efectivamente, ese “pruébele, sin compromiso” me levantó el ánimo y terminó de convencerme de que, si iba a tomarme lo del duatlón en serio, necesitaba otro tipo de bici.

Elegí una Giant Avail 5 que estrené por ahí de abril. Por fin pude experimentar la emoción (y el frío) de levantar un sprint a más de 30Km/hr antes de las 8 am, y el sentido de pertenencia y comunión que genera alcanzar un pelotón y mantener esa cadencia durante varias vueltas.

El mejor tiempo

Cuatro meses después llegó el Duatlón de la Ciudad de México, en el cual debuté como miembro activo de la Federación Mexicana de Triatlón. Competí en la categoría olímpica, lo que quiere decir que corrí 5K, luego hice 30K de bici y luego corrí otros 5K para llegar a la meta.

Mi tiempo en la primera carrera fue de 25 minutos (rompí récord personal para esta distancia!), quizá porque yo ya sólo me quería subir a mi bici. Para cubrir los 30km del segmento de ciclismo, había que dar dos vueltas al circuito, que contempló cuatro pasos a desnivel sobre el Circuito Bicentenario. Eso quiere decir que tuve que subir pendientes 16 veces y yo no había entrenado ni una. Con todo, mi velocidad promedio fue de 28.9Km/hr., logrando terminar el segmento en 1:02:00.

Duatleta

Al bajar de la bici sentí que las piernas se me habían hecho de gelatina. En lo que salía de la zona de transición, mi cuerpo, mi mente y mi corazón tuvieron una rápida conferencia y me dieron la instrucción de seguir con calma, así que con paciencia, concentración, determinación e hidratación adecuada logré terminar la segunda carrera en 29 minutos.

Erick fue quien me dio la buena noticia: había quedado sexta en mi categoría (éramos 30). Si bien no subí al podio, ese resultado era más de lo que esperaba y yo no cabía en mí misma de la emoción. El subidón de endorfinas, adrenalina y otros cocteles hormonales me duró toda la semana. Así fue que dos días después me inscribí al triatlón Blackout de Veracruz, que ocurrirá en menos de dos meses.

Creo que hasta la mañana del duatlón dejé de pensar en los triatletas como una secta. Antes, durante y al terminar el evento reconocí a gente que había visto ya en rodadas masivas y ¡hasta en la oficina! Con mis inocentes ojos de novata observé que las miradas que se intercambian en esas circunstancias contienen mucho de lo bueno: fraternidad, complicidad, orgullo, ánimo, satisfacción…

No pertenezco a ningún equipo pero la vida me ha ido acercando a mis cómplices y mis mentores, esos con los que comparto fotos y videos de bicis (y la emoción de estrenar una) o ciclistas, programas de entrenamiento, tips de alimentación o convocatorias de eventos deportivos… esos locos que sin problema se levantan a las 6:30 cualquier domingo para ir a entrenar y con los que puedo echar un trote de 4Km “para descansar”. Sí, hay que aprender a aullar para llamar a la manada.

Encontrando mi lugar en el mundo (del ciclismo)

Como tal vez fue su caso, me volví ciclista porque me negué a pasar horas nalga en un automóvil para ir a cualquier sitio y porque en algún momento el transporte público capitalino me rompió el corazón. Ya he hablado de mi primera bici, que por supuesto era rosa y tenía una canasta al frente (¡encontré una foto!), en la que me estrené como ciclista urbana.

Dos meses después, mi querida Bimex me pareció pequeña y pensé en cambiarla. Seguía sin saber un demonio de bicis, pero el sentido común me lo dictaba: ya no podía subir más el asiento y sentía que podía estirar más las piernas, más de una vez me caí al intentar salirme –like a lady- de la bici en alto total (la pierna se me atoraba entre el cuadro y el manubrio y tenía que hacer una contorsión china para lograrlo, pero el peso de la mochila me ganaba), mis pies de 27 cm se atoraban con la rueda al dar vueltas muy cerradas y tronaron los pedales de plástico en menos de un mes. Ahora que lo pienso, fue un milagro que me adaptara a mi bici. Pero, como milenios de evolución lo demuestran, el cuerpo se adapta a casi todo. 

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Cambié mi bici rosa por una híbrida (ruta x montaña). Buscaba una bici que fuera 1) segura, 2) cómoda y 3) resistente; después de probar varias incluí otra característica: 4) económica. Así llegué a mi flamante Scott Atacama. Desde el momento en que la monté para probarla me pareció un sueño y me sentí especial. Poco a poco le fui agregando guardafangos, parrillín, luces, etc., lo cual pudo hacerla un poco menos ligera, pero seguía siendo un transporte más efectivo que un auto. Durante varios meses mi Scott me transportó veloz y segura a mi lugar de trabajo, a mi super favorito, a las rodadas nocturnas, al consultorio médico y hasta al veterinario (no se preocupen, la caja en la que viajaba mi gatita estaba adecuada para que tuviera un traslado seguro y cómodo).

Sobre la Scott y en los paseos dominicales de la Ciudad de México hice mis primeros amigos ciclistas: Francisco, con quien casi me estrello por ir midiendo sprints y cuyas primeras palabras fueron “tú no vienes aquí de paseo, ¿verdad?” –él se había dado cuenta antes que yo que pronto iba a faltarme espacio (y bici) para el tipo de paseos que me gustan- y Javier, quien me acompañó desde la Venustiano Carranza a Chapultepec una día que nomás no supe cómo regresar.

Javier fue la última persona que me vio sonreír sobre mi Scott con mis dientes originales. A la mañana siguiente me los rompí cayendo en una pendiente. Ese mismo día, por la tarde, me preguntaron cómo iba a regresarme a casa y para mí fue muy natural responder “pues en mi bici”. Lamentablemente no pudo ser así, pues la rueda trasera se había doblado, el eje de la rueda delantera estaba roto y el casco también. Sin embargo, mi amor por y la confianza en mi bici seguían intactos.

Como Francisco había advertido, en algún momento comenzó a faltarme espacio en los paseos dominicales y así lo expresé en una reunión con las amigas del trabajo. El esposo de una de ellas, Erick, me invitó a rodar con ellos al autódromo, donde tendría espacio para hacer lo que quisiera. En mi primera visita hice apenas 26 Km sin parar. Cuando me bajé de la bici me dio un ataque de risa. O de dolor. O de ambas cosas. Tal era la intensidad de los calambres en las nalgas. De nuevo, me sentía muy feliz no sólo por lo que había hecho sino por todo lo que había visto: las bicis, los pelotones, gente esforzándose y disfrutando a pesar de que no eran ni las 8:30 am todavía.

Pocas veces en la vida sucede que sientes que puedes formar parte de algo y así me sentí esa vez; había entrado al autódromo como ciclista urbana y salí queriendo ser además otro(s) tipo(s) de ciclista. Hoy sigo explorando ese “no sé qué, qué sé yo”, tratando de encontrar mi(s) lugar(es) en el vasto y apasionante mundo del ciclismo.

Así empezó todo

Tomé la decisión la segunda vez que salí del metro Auditorio llorando. Había estado al menos 30 minutos luchando por acercarme a una de las puertas de algún vagón sin siquiera conseguir llegar a la mitad del andén. Los trenes llegaban tan llenos que de pronto cualquier esperanza de abordarlos era ridícula, y lo mismo en el flujo inverso: salir de ese embutido humano motorizado para lanzarse al mar de pacientes parecía una tarea igualmente épica.

Salí llorando, como ya dije, de la estación Auditorio. Comenzaba diciembre, había salido un poco tarde de la oficina, pero es que eso ya da igual, cualquier momento es hora pico en el submundo del centro de mi ciudad. Y en mundo de nivel de calle también. Pensé en abordar un taxi pero, además de que no iba a encontrar uno libre sobre Reforma a esa hora y con ese tráfico, me dolía el codo.

Decidí caminar a casa. De Polanco a la Roma Sur, con tacones bajos, se hacen más o menos 58 minutos, poco más de una hora en el sentido inverso, quizá porque uno va de subidita. Como sea, ese tiempo basta para exceder la cuota diaria de actividad física recomendada y además es un regalo: son 50 minutos que tienes tú contigo, para meditar, pensar, recordar cosas que te hacen reír, resolver problemas, oler la ciudad, escuchar sus melodías… Decidí caminar a casa, aunque, como usualmente sucede cuando uno camina, la decisión verdaderamente importante fue la que tomé mientras andaba.

Decidí que a partir de 2013 usaría una bici para desplazarme por la ciudad. La compré en una venta corporativa de juguetes (y bicis, que no son necesariamente juguetes, como evidentemente aún se piensa) y me la llevaron a mi casa: era una Bimex rosa mexicano con una canasta al frente. Me equipé modestamente con tres llaves allen y la de los pedales para armarla, un casco y un candado, pero todavía me tardé un par de semanas en tocarla.

El 31 de diciembre la saqué al patio del edificio y, tal como había visto hacer a los hijos de mis vecinos, me puse a dar vueltas. Mi experiencia me dice que, con toda seguridad, me veía así:

 An-orangutan-monkey-riding-a-bike

Le subí un poco el asiento y la volví a montar. Mi memoria motriz metió el gol de la vida. Ahora, el problema era salir a la calle. Eso sí era nuevo; yo sólo había pedaleado sobre pistas y parques, hacía casi 20 años.

Con el casco puesto y la herramienta en la mochila, salí a la calle con el objetivo de aprovechar el último paseo dominical del año sobre el Paseo de la Reforma. Iba saliendo de mi cuadra cuando rayé el primer coche (que estaba estacionado). Lamentablemente, me di a la fuga y mientras lo hacía sólo se me ocurrió gritar “¡perdón!”. 

Llegué pedaleando, temblando, sudando, mentando madres, etc. al taller de bicis del parque México, donde pedí que me dejaran la bici a punto para un paseo cómodo. Le inflaron las llantas y acomodaron la cadena en una combinación de plato y piñón aceptable para recorrer la ciudad. Nunca antes había tenido una bici de cambios. Vaya, el detalle ni siquiera me pareció importante cuando la compré.

El ajuste exprés hizo que la experiencia se hiciera unas 10 veces más cómoda; luego, rodando hacia Reforma, los cierres viales y la presencia de otros (pocos, pues eran apenas las 8 de la mañana) ciclistas me dio mucha confianza. Poco a poco me fui soltando y me esforzaba por disfrutar la sensación del viento helado en mis cachetes. Me sentía estúpidamente feliz. 

La felicidad se diluyó considerablemente en cuanto dejé Avenida Juárez para internarme, junto con varias decenas de ciclistas serios (supe que eran serios hasta después, que me preocupé por entender por qué sus bicis eran tan delgaditas, por qué usaban spandex y por qué engrapaban sus zapatos a los pedales), en las estrechas calles del Centro Histórico. Creo que nada estresa más a un novato conduciendo (lo que sea) que la proximidad de otros objetos en movimiento. En algún momento se me zafaron los pies de los pedales, estuve a punto de enllantarme en la banqueta y grité, como para dejarles saber a los intensos que yo era una autodidacta nivel I de la biciescuela.

Bien aprendí en mis años de emo que para salir del infierno hay que atravesarlo, así que con una cadencia prudente y una buena actitud logré llegar a los senderos más amplios de la ruta. Sin embargo, mi estrés no desapareció, especialmente porque mi objetivo inicial era rodar sobre Reforma y de pronto me encontré frente al Mercado de Sonora.

Cuando creí pertinente preguntarle a un policía si habría un retorno pude distinguir el Palacio de los Deportes y entendí que mi retorno lo iba a encontrar sólo si seguía para adelante. Me puse contenta de tener que atravesar la ciudad de vuelta sobre mi bici nueva, que aunque parecía de juguete ya llevaba más de 20 Km recorridos.

No tardé mucho en toparme con la primera joroba del Circuito Bicentenario (un suspiro de nostalgia por la antigua ruta del ciclotón). Seguramente un conocimiento básico de mecánica me habría ayudado a saber qué hacer con al menos tres de las 21 velocidades que tenía mi primer bici, pero ese día sólo conté con la potencia y la resistencia de mis piernas. Con orgullo escribo que no paré ni caminé en ninguna joroba. De vuelta a casa, incluso logré levantarme del asiento para acelerar.

Ese domingo, 31 de diciembre de 2012, la Lulú que salió a las 8am de casa como un ratón mojado, temblorosa, rayacoches fugitiva, volvió tres horas más tarde con un sentido de logro totalmente colmado, probablemente origen de esa felicidad tan desbordante. Esa primera vez no aprendí un carajo de bicis, ni de mecánica, ni hice amigos, pero sí me quedó claro que había hecho una elección de vida, para la cual aún sigo descubriendo aptitudes, encontrando cómplices y superando muchos miedos.

Your National Anthem

And I remember when I met him.
It was so clear that he was the only one for me.
We both knew right away.
And as the years went on things got more difficult,
We were faced with more challenges.
I begged him to stay,
Tried to remember what we had in the beginning.
He was charismatic, magnetic, electric, and everybody knew him
When he walked in every woman’s head turned.
Everyone stood up to talk to him.
He was like this hybrid, this mix of a man who couldn’t contain himself.
I always got the sense that he became torn between being a good person and missing out on all of the opportunities that life could offer a man as magnificent as him.
And in that way, I understood him.
And I loved him, I loved him, I loved him, I loved him.
And I still love him, I love him.

The couch

Como todo el mundo, escribo, escucho música, canto, bailo, leo, miro pelis, voy a museos, busco a toda costa narrativas que me conmuevan. Voy siempre tras la risa o el llanto, los estados límite de la existencia. Admiro la capacidad que algunas personas tienen para dejarse llevar, para aceptar mansamente el 95% de azar que contiene la vida. Y no digo 95% porque me conste ni lo haya medido, sino porque es un porcentaje tolerable para mí, pero estoy segura de que es superior. Bueno, como sea, no me malentienda: admiro eso de la misma manera en que admiro las fotografías de Diane Arbus. Reconozco en esas personas lo que no soy y no podré ser jamás.

Es algo con lo que no puedo. Tal vez yo sólo no nací con esa mansedumbre, o puede ser que mi necedad por marcar mis propios senderos sea resultado de un carácter forjado a punta de negar todos los días a mi madre, que ella sí que es de la otra manera. Me parezco mogollón a ella. Por fuera, menos de lo que quisiera, y por dentro, más de lo que me gustaría. Pero ya llegaremos a ella. (more…)

Para llegar a París hay que pasar por Berlín (segunda parte).

A las 8 de la mañana salí, mapa en mano, a recorrer Berlín. Seis horas después volví –exhausta de caminar y obturar como la vulgar turista que fui– a consultar si Kata había respondido a mi mensaje. Sí: Zoologischer Garten sería nuestro punto de reunión a las siete.

Comí una pasta Alioli y una cerveza mientras recordaba la tarjeta de la promoción de los 20 minutos en llamadas por dos euros con la que me topé en la mañana, mientras buscaba el trozo de papel donde había anotado el móvil de la rumana. Me lo pensé bastante, pero al final bajé a recepción para comprar diez minutos de tiempo aire a un euro con cincuenta y llamé a mi madre. Contraria a su naturaleza, tal vez condicionada por su aguda comprensión del costo de la telefonía internacional, preguntó poco y habló menos; me consintió una reseña breve de mi primer viaje internacional de trabajo, mi primer viaje de groupie, y mi primer viaje de poser, pero el único viaje del que ella quería saber santo y seña estaba apenas por ocurrir. (more…)

Para llegar a París hay que pasar por Berlín (primera parte).

Desde Estocolmo hasta París, acorté latitudes a un ritmo emocional exactamente opuesto al tiempo real y propio de un viaje en tren, con un itinerario tan disperso como pude seleccionar: Estocolmo-Copenhague-Hamburgo-Berlín-Frankfurt-París. Durante todo el trayecto hacia Berlín me cuestioné si había sido necesario, incluso prudente, hacer parada en esta ciudad en un desesperado intento por congelar el tiempo y el exterior de las cosas. Para este cuestionamiento no logré encontrar una respuesta lógica ni correcta, pero reconocía en él a la bestia hambrienta de mi yo, vigilada por un celador moral casi victoriano que no le permitía correr a devorar los recuerdos y avivar las tizas de una pasión que seguía ardiendo, sin darse siquiera un minuto para saborear, hasta que doliera, el deseo. Ese estado de criogenia emocional al que me obligué no llegó a ser efectivo del todo, pues en mi interior pulsaba aún la ternura y la película de mis más preciados recuerdos lograba proyectarse tenuemente sobre el cambiante paisaje escandinavo que el X2 529 me ofrecía, sumiéndome en un inédito estado de éxtasis. (more…)