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En 1993, acontecimiento imborrable en mi infancia, el presidente de las orejas chistosas firmó el TLCAN. Eso significó, entre otras cosas, mayor variedad y menor precio de los juguetes, vestir como lucían los personajes de las películas, desayunar cereales de colores y con alto contenido de glucosa. Sin embargo, la exposición a los contenidos culturales provenientes del reino de los sueños, tanto infantiles como húmedos, modificó las concepciones tradicionales de la infancia y la juventud mexicanas en tanto individuos y como miembros de una estructura familiar o una pareja. Así, la mujer mexicana se constituye como un espectro luminoso con miles de matices.
La tía Conchita, en demostración ejemplar de hermana mayor, cumpliendo con la ley implícita de la feminidad mexicana, esperó a cumplir los 20 y mientras tanto estudió Diseño de Interiores. Llegada la edad, contrajo matrimonio con su novio extranjero y, decepcionada porque Franco ya no pudo ser su gobernante, tuvo hijos y decoró su casa. A la primogénita del matrimonio ibero-mexicano se le educó en una doctrina –tal vez de moda, tal vez producto del resentimiento materno– feminista. La pequeña se hizo mujer, culminó exitosos estudios post-universitarios con becas académicas y rechazó las ofertas amorosas de cualquier osado hombre que se aproximaba sin desplegar su certificación iso nuevemil. La tía Conchita está muy orgullosa, pero un poco triste porque sus hermanas menores le ganaron con los nietos. (more…)


