
If you touch that girl, you know it’s ok; people say she’s a whore anyway. I think she looks like a nice vamp looking for love in a trashcan.
–The Raveonettes.
Every son of a single mother is born pretty much married.
We are a generation of men raised by women. I’m wondering if another woman is really the answer we need.
–Chuck Palahniuk
Recuerdo que, durante mi estancia en Madrid, pasar frente a la valla publicitaria de la campaña de donación de óvulos me despertaba una sensación de vértigo. En primer lugar, me recordaba que soy una potencial incubadora ambulante. Después, me hacía pensar en que, de hecho, ignoro por completo si los 400 óvulos con los que nací tienen la capacidad o condiciones para ser fecundados (y no porque me apetezca convertirme en madre pronto, sino por simple curiosidad). Por último, no podía dejar de pensar en que las leyes del mercado han terminado por atribuir una nueva definición de las mujeres fértiles como potenciales granjas de óvulos (y lo mismo aplica para los amables donantes de esperma). Era como estar ante una recreación posmoderna del mito del Santo Grial.
Así, los gametos donados serán de utilidad para parejas infértiles –o parejas homosexuales, como sucede en las naciones más liberales de este set planetario–. Sin embargo, la tentación de congelar los propios óvulos, la posiblidad de postergar la maternidad (para cuando me haya realizado como profesionista) está latente. Ser una de esas mujeres que después de una ardua vida de esfuerzos y logros profesionales, por fin se animan a tener un hijo “para no estar solas”. Todo eso está muy bien. Es absolutamente coherente con la lógica de las democracias liberales, en donde –idealmente– lo más importante es el bienestar, la realización y la libertad del individuo, previamente a su condición racial, de género, edad, religión o nacionalidad. Sin embargo, no puedo evitar pensar en el asunto en el largo plazo y desde una perspectiva más práctica, propia de una mujer joven, obsesionada con las relaciones entre hombres y mujeres.
Igual que las mujeres bravas de los años 70 –las madres de esos hombres de rara especie, inalcanzables, inaccesibles, mejor conocidos como treintones–, esas valientes que tomaron el estandarte del feminismo radical y siguieron a Betty Friedan y se convirtieron en jefes de familia porque los hombres eran, más o menos, un mal necesario, las modernas mujeres que postergan la maternidad –la de un solo hijo–para coronar su exitosa trayectoria profesional a la sombra del discurso de que las mujeres tenemos derecho a realizarnos y tener un hijo cuando y con quien nos plazca, al final están produciendo un atentado contra el género femenino, pues, como Chuck Palahniuk plantea, ya después nos enfrentaremos a una generación de hombres con temores patológicos hacia el compromiso, o incapaces de establecer una relación con una mujer distinta a su madre –o bien, a una generación de mujeres con el mismo apetito voraz de éxito, incapaces de relacionarse con cualquier hombre porque ninguno de ellos es suficiente para sus estándares ISO-9000–.
Es un tema complejo, después de todo. No se trata sólo de la autorrealización. La manera de pensar de una generación de mujeres marcará la tendencia en la dinámica de relaciones de la próxima generación. En la universidad nos atestan de lecciones de ética, pero ninguna de ellas cubre estos temas, a pesar de que también se pone a prueba nuestra responsabilidad social, aunque de una manera peculiar y tramposa, pues un neutral e inocente óvulo donado puede convertirse en un tristísimo drama de vida. O tal vez me estoy malviajando con mi conflicto precoz de simpatía/repulsión a la maternidad. Necesito un loquero. Mientras tanto, les puedo afirmar que donaría mis óvulos mientras me garanticen que no los utilizará alguna cuarentona cuya última cima por conquistar es la maternidad.
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The title to this post is also for the last chapter of my newest book: The Sexual Revolution 2.0, by Regina Lynn (author of the Sex Drive column, in wired.com).
I bought it as reference material for my job, but after giving a glance beyond the index, I think perhaps it’ll get me. It’s not a guide to online dating nor cibersex, but just a corpus of theorizations about the changes in the social dynamics boosted by the advent of new information and communication techonolgies.
After all, creation and connection are common premises for both sex and technology. Aren’t they?
Yeeei!
Una vez salí en el periódico, pero tenía como 10 años y estaba yo de acarreada en un conciertucho de Jeans en Reino Aventura (sí, aún se llamaba así)… así que espero que comprendan por qué nunca cuento eso.
Ya estoy oficialmente dentro de la industria editorial mexicana, y mis jefes decidieron hacerme promoción en una publicación de interés general. A continuación, la evidencia:




Para comenzar, es preciso introducir el concepto de “invisible carrot”: Quienes sean más o menos fans de Chuck Palahniuk (autor de Fight Club, entre otras enormes cosas) probablemente ya lo dominen, quienes no, deben leer “Guts”, un cuento incluido en su último libro, que se llama Haunted… es la única manera de entender por qué se le llama de ese modo.
El punto es que una invisible carrot es un acontecimiento de pequeña escala (pero no por eso insignificante) que resulta vergonzoso para los involucrados, tanto, que nunca volverá a ser mencionado por ellos, aunque sepan que sucedió.
Ejemplo: a un wey le gusta experimentar con atuendos femeninos (por que le gusta, porque así descubre su identidad, por la razón que ustedes quieran… el punto es resaltar que no es algo común), y para ello tiene medias, cosméticos, y por qué no, una que otra peluca guardaditos en un cajón. El día de su cumpleaños el wey llega y observa que su mueble ha sido cambiado por uno nuevo, en el que hay una nota de su madre: “feliz cumpleaños, espero que te guste tu nueva recámara”. Abre el cajón y ahí están sus cositas…en el mismo orden en que las tenía. Es obvio que alguien (la mamá) tuvo que mudar sus medias y pelucas, una por una… y probablemente ese alguien se preguntó qué demonios hacían en la recámara de un wey… pero nadie dijo nada. Mejor no moverle, la mamá no quiere que le explique, el hijo no quiere explicar… sucedió, lo sabemos, pero preferimos pretender que nunca sucedió para seguir coexistiendo.
Seguramente todos tenemos invisible carrots… ¿qué es menos peor? ¿descubrir o ser descubierto?




