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No, no podía acabar el año sin que antes posteara algo desde el fondo de mi corazón… me siento en deuda por haber dejado de escribir tanto tiempo.
El año comenzó excelente. El jefe de mis jefes me llamó y me ofreció más chamba, misma que acepté a pesar de tener una agenda más saturada que la de Vladimir Putin. Regresé a convivir con mis flamencas adoradas. En la escuela me fue de maravilla, y me motivaba cumplir un sueño que había alimentado desde puberta: viajar a España.
Y ahí fui: no sólo a eso, pero también para aplicarle a mi ego una buena terapia correctiva. Me ayudó un ingeniero con una edad emocional de 14 años en quien puse mis estúpidos y obstinados ojos. Él no quiso a la joven estudiante-hermanamayorejemplar-amantemedianamenteexperimentada-hijarresponsable-bloggerminicelebridadlocal- traductoraestrelladerevistademetrosexuales- estrelladelmyspace- queseautopatrocinósuviajeaeuropa. Y nunca dijo por qué. Aunque no se necesita ser Madame Zazu o Sigmund Freud para saber que le faltaron huevos. Utilizó frases prefabricadas y basura del tipo: “darle tiempo al tiempo” y “como dice aquél proverbio chino de la paloma: déjala ir y si regresa era tuya”. Yo sólo podía pensar en apretar un imaginario botón de stop mientras repetía “esto no está pasando”. Y para colmo, tales palabras las había dicho al final… o sea, desperdicié un mes de mi viaje en ese idiota… ¿en qué estaba pensando? Ni si quiera se mereció el ritual de cortesía de la última carta en la que agradeces los momentos lindos y mencionas las deficiencias a manera de retroalimentación para que sus relaciones posteriores sean mejores. No… que siga pensando que sólo necesita su título de maestría para ser atractivo.
Por fortuna vivía con una hermosa socialité de Navarra que me arrastraba (literalmente, me arrastraba para evitar que me quedara en casa a comer helado, como la Nana Fran) a todas sus fiestas y noches de marcha. En una de esas, Madrid me ofreció un revenge fuck de última noche en la ciudad que estuvo buenísimo. El encanto de aquél chico –con quién aún me hablo, y que jura que un día viviremos en Salamanca, dando clases en la universidad y criando siete hijos– fue su enorme cultura, gracias a la cual me obsequió una conversación placentera y larga, como las que dejé de tener cuando falleció mi tía abuela, o cuando terminé mi clase de Análisis del discurso con mi profesor favorito. Si no hubiera volado a México al día siguiente, probablemente no me habría ido nunca.
Pero como todo en mi vida se mueve en espirales –o hélices, mejor dicho–, después de ser todo lo que siempre quise ser –y haber visto que así no me quisieron… de verdad, me dolió mucho ese golpe a mi ego– inconscientemente me dediqué a contradecirme a mí misma. Así, perdí mi título de traductora estrella, el sexo pasó al último plano en mi vida y por lo tanto mi blog comenzó a valer madres, abrí otra cuenta de myspace, mis hermanos comenzaron a irse en el transporte escolar porque no les gustaba que yo los llevara y les pegara mi aroma a destilería, y mis padres se volvieron lo más insoportable.
Mientras todo eso ocurría, conocí a otro hombre. Uno rocker, como yo. Uno que sí me quiere. Sorprendentemente, más de lo que algún otro hombre me había querido, pero con más emotional baggage que todos los antihéroes de Chuck Palahniuk juntos. Los dos nos agarramos como tablas de flotación, y obviamente, nos agotamos de luchar por seguir en una situación que inevitablemente acabaría en hundimiento. Pero de alguna manera, ese cabrón, al que tanto quiero, me salvó.
¿En qué momento me di cuenta de la dinámica contradictoria que había tomado mi vida? Cuando el Insopor me preguntó qué había sido lo más relevante del año. Obviamente, él se refería al acontecer mundial. Yo sólo pude pensar en mi vida. En mi propia historia… y encontré muchas cosas relevantes. Unas buenas. Otras para el puerco. Pero todas igual de importantes. Una vez más, el rock (aunque fuera de manera indirecta, a través de un editor de tabloide quincenal de dudosa reputación) me había salvado la vida. Al final de cuentas, no había sido un año tan malo. Pero lo que sucede al final es lo que más se recuerda.
No haré propósitos específicos para 2008. ¿Por qué la gente tiene que esperar a terminar el año, el mes o la semana, o el día para emprender algo?
Sólo se que tengo que dejar de ofrecer y desbordar mi pasión y mi vida a los hombres que me vuelven loca. O bueno, al menos hacerlo hasta que hayan demostrado que están dispuestos a aceptar tan buena ofrenda. Dejaré de hacerlo porque necesito, primero, vivir para mi misma. Este año, al diablo con los hombres.
Y bueno, a ver cómo me trago mi orgullo, pero habré de reivindicarme de algún modo con mis jefes, los de mi familia y los de mi trabajo. Ya es tarde para poner cara de puchero y llorar. Ahora habré de trabajar lo suficiente y bien.
Terminaré la escuela, para graduarme de 22, como siempre quise.
Y procuraré dedicarme más tiempo a mi misma. Hablar conmigo o pintarme las uñas… ya no voy a tomar para evadirme. Sólo para empedar a gusto. Jaja.
4 Comments so far
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Buen post y buenos propósitos, Miss Dengler. Hace mucho que no escribía aquí, es bueno tenerla de vuelta.
As: Lo Siento Por Ti – Marco Antonio Muñiz.
Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.
Comment by Juan Ramón January 4, 2008 @ 10:10 pmAnimo y coincido en que los propósitos deben surgir día a día, los mejores deseos
Comment by Epi January 7, 2008 @ 5:02 pmMi clase favorita de este semestre fue Interpretación y Análisis de Textos. Supongo que es parecida a la de Ud. je, je
As: Lily, Rosemary And The Jack Of Hearts – Bob Dylan.
Atte: Juan Ramón Velázquez Mora.
Comment by Juan Ramón January 9, 2008 @ 7:06 pmDe hecho antes la materia se llamaba Ideología y Lenguaje. Una chulada de clase.
Comment by Lulu Dengler January 11, 2008 @ 6:21 pmGracias por sus comentarios (aquí y en TdQ).