Lulu Dengler


The couch
September 11, 2011, 6:21 pm
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Como todo el mundo, escribo, escucho música, canto, bailo, leo, miro pelis, voy a museos, busco a toda costa narrativas que me conmuevan. Voy siempre tras la risa o el llanto, los estados límite de la existencia. Admiro la capacidad que algunas personas tienen para dejarse llevar, para aceptar mansamente el 95% de azar que contiene la vida. Y no digo 95% porque me conste ni lo haya medido, sino porque es un porcentaje tolerable para mí, pero estoy segura de que es superior. Bueno, como sea, no me malentienda: admiro eso de la misma manera en que admiro las fotografías de Diane Arbus. Reconozco en esas personas lo que no soy y no podré ser jamás.

Es algo con lo que no puedo. Tal vez yo sólo no nací con esa mansedumbre, o puede ser que mi necedad por marcar mis propios senderos sea resultado de un carácter forjado a punta de negar todos los días a mi madre, que ella sí que es de la otra manera. Me parezco mogollón a ella. Por fuera, menos de lo que quisiera, y por dentro, más de lo que me gustaría. Pero ya llegaremos a ella.

Entonces, ¿qué soy? Comenzaré por decirle que soy la tía más rara en mi familia. Pero dígame, ¿quién es normal? Además, las familias numerosas se parecen más a los frikis nómadas que hacen los circos, así que soy texto en contexto.

Ante todo, soy simple. Creo firmemente que, a lo más, media docena de conceptos bastan para definirme con justicia. Lo complicado es el mecanismo por el que estas cualidades logran polarizarse. En mi interior hay una caja negra donde esto tiene lugar, y sospecho que, a diferencia de lo que se hace para saber qué falló cuando un avión se accidenta, advierto que voy a estrellarme, pero antes quiero saber por qué. Y de paso, saber qué botones presionar para hacer que la caída suceda más pronto que tarde.

Intento ser buena. No practico ninguna religión, pero he merodeado por algunas filosofías fundacionales, tomando lo que me parece más prudente para este lugar y este tiempo. Sobre el amor al prójimo prefiero el amor a la naturaleza, por ejemplo. Pero vaya, el punto es que no hago putadas ni paso marrones. Me responsabilizo de mis actos, y espero lo mismo de los demás. Adopté un gatito abandonado. Sonrío a la gente en la calle, y no me molestan los niños en restaurantes y cines, siempre y cuando sean simpáticos. A la gente que me ha hecho daño no le deseo ningún mal –aunque tampoco ningún bien, ahora que lo pienso. En cualquier caso, no soy Teresa de Calcuta, y también puedo odiar, aunque se trate de cosas que no pueden corresponderme el mal sentimiento: conceptos como la falsa piedad, la justicia conveniente, la obsolescencia programada, el colonialismo o la hipocresía me resultan repugnantes, y por derivación, también las personas que los usan como estandarte, como el Papa, Bono, el presidente en turno de los Estados Unidos, Steve Jobs o mi vecina Jovita.

Soy una persona triste. Siempre lo he sido, no crea otra cosa. No vengo aquí a contarle cómo me han tratado para llegar a este punto, para nada. He tenido una vida muy afortunada. Puede que el término correcto hoy sea “distímica”, “depresiva” en 1986, o “melancólica” en 1850. Es un rasgo muy mío. No fui una niña caprichosa, ni una adolescente furiosa y rebelde. Al contrario, fui dócil y condescendiente, pero siempre muy triste. Soy una existencialista resignada, una actriz del absurdo que vive el papel que interpreta –porque el mundo que nos hemos hecho con este cerebro hiperdesarrollado que tanto cacareamos y con tanto dogma que desplazó a la verdadera utilidad de la mitología es absurdísimo. Sorpréndase: con todo y mi estatura, mi complexión y mi personalidad, me lastima vivir. He aprendido, sin embargo, a aprovecharme de esto. ¿Sabe? Hay un tipo de belleza que es la más conmovedora de todas: la que nace sobre terreno quemado, la que se genera cuando uno porta con dignidad la tristeza y logra convertirla en fortaleza. ¿Lo ve? Estoy echa un pedazo de emo.

Irónicamente, de todos los sabores presentes en el coctel genético que me compone, el condimento estelar sería, por votación unánime, mi sonrisa. Sólo en un rostro tan peculiar como el mío un hocico de semejantes dimensiones habría logrado verse bien: la mandíbula lanzada hacia el frente: de mi madre; los enormes dientes: de mi padre; los labios súper carnosos de algún misterioso familiar extraoficial y las hendiduras en las mejillas típicas de mi abuela se combinaron en ese punto exacto de mi rostro entre la nariz y el mentón, dando lugar a una sonrisa por las que se pagan algunos verdes. Todo eso, rematado por una mirada llena de esperanzas. Mi sonrisa es el atributo más valorado por la gente que importa. Está lejos de ser única –a primera vista, es idéntica a la de mi madre, y sirvió de molde para calcar la que portan mis hermanos, aunque en ellos no deslumbre, tal vez por la ligera inclinación de la dentadura de mi hermana, o los dientes torcidos de mi hermano–, pero es auténtica y sincera.

Antes, cuando mi madre quería hacerme sentir una mierda, solía recitar lo egoísta que puedo ser; toda una oda, debería escucharla. Que si nunca tengo tiempo para salir con ella, que nunca puedo hacerle un favor, que lo único que me importa soy yo y mis cosas. ¿Se supone que deba sentirme culpable por ello? Me jode mucho que ella interprete la soledad como egoísmo. El modo unipersonal es la programación de fábrica del ser humano. Nacimos solos, y de la misma manera nos iremos y todo lo que uno va colocando entre el punto A y el B, como la escuela, el trabajo, las salidas de prepa, los novios y una cantidad considerable de distractores, componen la vida. Vale, para ella y para toda mi familia soy una tirana egoísta que se refugia en la lectura de un libro durante el festejo masivo Día de las Madres o las comidas de los domingos. Tiene rato que mi madre dejó esa cantaleta por la paz. Justo cuando conocí a Alberto. Ella y mis hermanos fueron testigos de cómo puedo ser capaz de entregarme a otra persona, de cederle el control sobre mí, de mantener siempre encendida la sonrisa , y sufrir y romperme por alguien. Desde entonces he dejado de ser una egoísta.

Soy amorosa, pero el amor que exudo está lejos de manifestarse en abrazos a mi madre, caricias prolongadas a mi gato, o tardes en la buhardilla con mi sobrino. A la familia y a mis amigos los quiero, pero no los amo tanto como para envejecer con ellos. El que siento, cuando lo siento, es un amor que, aunque bueno, de puro hondo resulta tan destructivo como el malo. Quizás sea esta la raíz de todo: que no sé controlar ni dosificar el amor cuando lo siento. Soy una fuente y no un pozo. Todos los elementos que están fuera del conjunto de hombres que amo –que por convicción es un conjunto de un solo elemento– me son absolutamente indiferentes. Y también necesito un montón de amor, porque no soy tan dura, ni insensible, ni autosuficiente como lo parezco. Nunca he buscado poseer al hombre que amo, sino pertenecerle. Recuerde: soy la rara de la familia; mis padres se tienen a ellos mismos, y mis hermanos siempre fueron muy cercanos.  Siempre he sido como un satélite, a partes iguales herida de culpa por no sentirme parte del clan y esperanzada por este sentimiento casi profético que sólo puede entrañar un destino diferente para mi, una rama desprendida del árbol de mi genealogía que retoñará una historia mía únicamente.

Soy lista. O bueno, me han llamado así desde pequeña y a fuerza de repetición he logrado creérmelo, supongo. Es verdad que siempre saqué notas sobresalientes sin esforzarme y sin estudiar. Me jacto de tener una capacidad de observación bastante digna y, a riesgo de descubrirme la más mediocre, reconozco esta cualidad como el origen de todos mis triunfos. Para ser justos, observar ha sido sólo la mitad del trabajo. Como esas plastilinas epóxicas que hay que mezclar para detonar la reacción química que las convertirá en un plástico firme, la observación no me habría servido de nada si no la hubiera mezclado con la imitación. Por ejemplo, durante la mitad de mi vida me di el lujo de ignorar las reglas ortográficas que instituye la Real Academia Española, y si gané más de un concurso nacional de ortografía y redacción, fue porque leía como una enferma. Igualmente, fui una niña pésima, muy renuente a la infantilidad y muy dispuesta a ser mayor, lo que me etiquetó para ser guardada en el cajón de las niñas precoces. Aún no tengo conclusiones sobre aquella idea de si es la mente la que gobierna al cuerpo o viceversa, pero a los nueve años cambié las camisetas por corpiños, y a los 10 tuve mi primer período. Las enciclopedias de mis abuelos, primero, y un novio 10 años mayor que yo, después, lograron distraerme de mi verde y pegajosa adolescencia, que de cualquier otra manera me habría resultado insoportable, y me dieron contenido unas y forma el otro para conversar con gente culta. Conformé mi personalidad a partir de diversos referentes femeninos, desde Ava Gardner hasta mis primas María y Ana, las mayores. Soy la encarnación de un esfuerzo por combinar a todas las mujeres que han marcado en una buena manera mi vida. Igual, pienso que soy bastante estúpida porque, después de todo, esta, mi única habilidad me convierte en una impostora y tarde o temprano alguien va a descubrirme.

 



Para llegar a París hay que pasar por Berlín (segunda parte).
July 7, 2011, 8:42 pm
Filed under: fiction, traveling

A las 8 de la mañana salí, mapa en mano, a recorrer Berlín. Seis horas después volví –exhausta de caminar y obturar como la vulgar turista que fui– a consultar si Kata había respondido a mi mensaje. Sí: Zoologischer Garten sería nuestro punto de reunión a las siete.

Comí una pasta Alioli y una cerveza mientras recordaba la tarjeta de la promoción de los 20 minutos en llamadas por dos euros con la que me topé en la mañana, mientras buscaba el trozo de papel donde había anotado el móvil de la rumana. Me lo pensé bastante, pero al final bajé a recepción para comprar diez minutos de tiempo aire a un euro con cincuenta y llamé a mi madre. Contraria a su naturaleza, tal vez condicionada por su aguda comprensión del costo de la telefonía internacional, preguntó poco y habló menos; me consintió una reseña breve de mi primer viaje internacional de trabajo, mi primer viaje de groupie, y mi primer viaje de poser, pero el único viaje del que ella quería saber santo y seña estaba apenas por ocurrir. (more…)



Para llegar a París hay que pasar por Berlín (primera parte).
June 30, 2011, 10:21 pm
Filed under: fiction, infatuation, lulu dengler, rants and ramblings | Tags: , , ,

Desde Estocolmo hasta París, acorté latitudes a un ritmo emocional exactamente opuesto al tiempo real y propio de un viaje en tren, con un itinerario tan disperso como pude seleccionar: Estocolmo-Copenhague-Hamburgo-Berlín-Frankfurt-París. Durante todo el trayecto hacia Berlín me cuestioné si había sido necesario, incluso prudente, hacer parada en esta ciudad en un desesperado intento por congelar el tiempo y el exterior de las cosas. Para este cuestionamiento no logré encontrar una respuesta lógica ni correcta, pero reconocía en él a la bestia hambrienta de mi yo, vigilada por un celador moral casi victoriano que no le permitía correr a devorar los recuerdos y avivar las tizas de una pasión que seguía ardiendo, sin darse siquiera un minuto para saborear, hasta que doliera, el deseo. Ese estado de criogenia emocional al que me obligué no llegó a ser efectivo del todo, pues en mi interior pulsaba aún la ternura y la película de mis más preciados recuerdos lograba proyectarse tenuemente sobre el cambiante paisaje escandinavo que el X2 529 me ofrecía, sumiéndome en un inédito estado de éxtasis. (more…)



Gatito Morrissey
June 19, 2011, 7:57 am
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Es muy amoroso y dócil. Me confirma que uno no adopta gatos, sino ellos nos adoptan a nosotros.
Desafortunadamente, no me lo puedo quedar. Si alguien está interesado, avise.

Update: Gatito Morrissey estuvo dos semanas en Animalia Condesa. Procuré ir todos los días a verlo; parecía cómodo y contento. Acumuló tres solicitudes de adopción y ayer, finalmente, se lo dieron a una “señorita”.

 



The ex experience
April 7, 2011, 7:03 pm
Filed under: infatuation, live and learn, Mexico City

Hombres, ha habido algunos. “¿te has preguntado por qué ninguno se ha quedado en tu vida?”, me preguntó uno.

Mi vanidad ha querido interpretarlo como un piropo; pero está escrita con alambre de cobre, y no he podido dejar pasar la sugerencia de autocrítica implícita en la pregunta.

Las banderillas que una mujer despechada encaja a los hombres que no la tomaron casi siempre son un par de testículos minúsculos, impotentes, infantiles, o inexistentes. Devaluación y reducción, pues. Por supuesto que lo he hecho. Y por supuesto que me lo he preguntado, cada vez. ¿Qué hice mal?

Puede ser que nada esté mal hecho, en realidad. Somos como somos, y ahí vamos, abriéndonos las entrañas para que el otro pueda verlas, comprenderlas y entrar. Es arriesgarse, y puede ser que te dejen abierto y agonizante.

All you need is love, y el focus group de los ex novios. La situación es más que ideal si has jugado limpio. Si no, eso podría parecerse más a talk show de Laura Bozo. ¿A qué mujer no le gustaría reunir a los importantes? Transformar la cámara de Gessel en el salón de la fama de su corazón, y atestiguar una conversación sobre ella ella ella desde ellos ellos ellos.

¿Cómo han madurado el recuerdo? ¿Cómo los marcó esa mujer? ¿Cómo continúa en sus vidas? ¿Lo mejor? ¿Lo peor? ¿Extrañan algo? ¿Por qué huyeron? ¿Por qué pusieron un océano de distancia? ¿Por qué? Y claro, preguntas más amenas… ¿besaba chido? ¿estaba buenona? ¿sí sí o no no?

Supongo que no tengo que convocarlos y hacerlos amigos, ni que se vean las caras y tomen bebidas gaseosas y bocadillos del City Market mientras conversan en mi honor. Creo firmemente que si la relación fue vívida y verdadera, la cámara de Gessel puede ser la propia cabeza.

En la era de la información, chavos, lo que realmente me alivia es leer la transcripción, o el guión cinematográfico derivado, de un focus group así. Información útil que procura paz mental no reduccionista.



Diagnosis
December 21, 2010, 12:47 am
Filed under: rants and ramblings

Modelo / novia cadáver por adreson

Una llamada tarde por la noche. Mi amigo el médico está de visita en la ciudad. Hace poco más de año y medio que lo vi por última vez, pero la calidad y calidez de las conversaciones en nuestros encuentros siempre compensa el tiempo de su ausencia.

En una fiesta, le hago una pequeña consulta sobre ciclos reproductivos, y me relata brevemente sus experiencias con una enfermera casada. Después, hablamos sobre el sistema mexicano de salud pública, y lo muy jodido que es que al paciente no se le involucre activamente en su proceso de curación. Gente que lleva 20 años controlando su diabetes pero no sabe el nombre del medicamento que debe tomar a diario… y mucho menos el por qué debe tomarlo. Médicos que evitan a toda costa dialogar con sus pacientes, y pacientes que no saben comprender a su propio cuerpo en sus alertas ni a su mente en sus llamadas de auxilio. A pesar del inmenso culto que a su alrededor existe, el cuerpo es un tabú, todavía.

Más tarde en la fiesta, y ya en mi trinchera de los sueños, de pronto le vi llegar. Mi sangre se volvió espesa y helada, y lastimaba todo mi cuerpo al recorrer sus conductos vasculares. Mirándonos las caras, tuvimos un momento infinitamente triste, seguramente no superior a 15 minutos, pero que pareció la mitad de mi vida. Hablamos sobre la desproporcionada pero justa mezcla del destino y el azar; sugerí que las cosas no siempre resultan como uno las desea, sino como deben ser, y no obtuve argumento en contra. Intercambiamos abrazos y lágrimas. Un corazón se rompió. El otro ya estaba hecho añicos.

Era una cuestión de esperanzas. Aún después de tanto tiempo y algunos desencantos, la gente solemos albergar muchas, de una manera muy ingenua. Es lindo tener esperanzas pero, cuando han crecido tanto y ya nada las alimenta, se sienten más como un cáncer. Mi única petición al respecto fue la eutanasia, pero el tribunal jamás deliberó.

Todos somos médicos, y a veces enfermamos y otras veces curamos. A veces sucede que somos capaces de curar a otros, pero no conocemos los remedios para nuestras propias dolencias. Esto también es un resultado de esa desafortunada mezcla de azar y destino. Cuando un médico de los que saben ejecutar diagnosis se topa con un paciente conectado con su propia vida (como estado de actividad de cualquier ser orgánico), sucede magia. Hay visión de rayos X y se puede ver todo. Sin secretos.

Es así que un día entiendo que mi mal no era metástasis de la esperanza, sino una severa gangrena. Como infante que muda los dientes de leche, me armo de valor y tiro fuerte de lo que hace tiempo ya no me pertenece, pero ha insistido en quedarse allí. Por supuesto, hay síndrome del miembro fantasma, y un terrible muñón. Pero ya lo he dicho antes: hay un tipo de belleza que es la más conmovedora de todas; y puede ser que aquí se haga presente.

As in: The good that won’t come out – Rilo Kiley



It’s only me who wants to wrap around your dreams
October 28, 2010, 8:55 pm
Filed under: Uncategorized

Zurich Chamber Orchestra print

Here we go again, you say you want your freedom. Well, who am I to keep you down?
It’s only right that you should play the way you feel it,
but listen carefully to the sound of your loneliness
like a heartbeat drives you mad
in the stillness of remembering what you had
…and what you lost
…and what you had
…and what you lost

Thunder only happens when it’s raining.
Players only love you when they’re playing.
They say women, they will come and they will go.
When the rain washes you clean you’ll know.
You’ll know.

Now here I go again, I see the crystal vision. I keep my visions to myself.
It’s only me who wants to wrap around your dreams.
Have you any dreams you’d like to sell?
Dreams of loneliness, like a heartbeat drive you mad
In the stillness of remembering what you had
…and what you lost
…and what you had
…and what you lost

Thunder only happens when it’s raining.
Players only love you when they’re playing.
They say women, they will come and they will go.
When the rain washes you clean you’ll know.
You’ll know.

–Stevie Nicks for Fleetwood Mac. Released in Rumours (1977)



Soy Historia
September 29, 2010, 8:00 pm
Filed under: rants and ramblings

Our generation has had no Great War, no Great Depression. Our war is spiritual. Our Great Depression is our lives. –Chuck Palahniuk

Desde pequeña he vivido un poco frustrada por no tener un movimiento al cual pertenecer y que me permitiera plasmarme en la Historia. No Revolución Rusa, no Tercera Internacional, no Primavera de Praga, no mayo ni octubre del 68. Entonces, solía aliviar mis frustraciones infantiles imaginando que era una agente de la KGB soviética, por ejemplo, y mis pobres hermanos jugaban conmigo a simular soviets. No los culpo por ser… raros.

Cuando me hice adolescente y tuve novio, el pobre tenía que soplarse mis discursos y rants sociopolíticos, mis análisis ideológicos de ñoña preparatoriana, mis prisas de creación artística y mis desmesuradas ganas de representar todos los sentimientos y la historia de la humanidad en una obra, sin haber vivido siquiera. Aquél novio fue un gran interlocutor, e incluso plantó en mi cabeza la idea de escribir un manifiesto. El tipo de manifiesto que solían publicar los artistas de vanguardia a inicios del siglo XX.

De alguna manera todos aquellos ímpetus se fueron diluyendo en la nadería y el chiclic, en la corriente de la cultura pop, la percepción de ingresos y la integración a un sistema productivo de medios de comunicación. Entonces, llegó el vacío, la inconformidad con mi propia vida, y una crisis de convicciones e ideales. Cuando llegué a toparme con la frase que abre esta entrada, todo hizo más sentido, pero no solucionó ningun malestar. Aquella es una conclusión muy “generación equis”. No para mi.

Ya tengo una Historia que me plasme, como individuo y como colectividad. Si no lo teníamos, esta(s) crisis que sucede as you read es el prexto perfecto para fajarse de una vez por todas y tomar una postura. Sin malinterpretar. Aunque haya sido una friki de la Revolución Rusa y los movimientos de vanguardia, no soy izquierdosa ni rojilla. Trabajo en una transnacional y compro zapatos de diseñador. Sin embargo, simpatizo con todos los movimientos de huelga que tienen lugar en el mundo as I write.

Las personas mayores y con algún patrimonio se han desplazado a la derecha del péndulo político. Xenofobia y austeridad, para resumir. Es perfectamente entendible que tiendan a proteger lo que han forjado… y hasta cierto punto, es deseable, pues ahora mismo mantienen a millones de jóvenes desempleados y desorientados. En cambio, el gran “bono demográfico” de este país y este planeta nos estamos cagando al ver cómo la única propuesta es la austeridad y la moderación. ¿Qué se supone que tenemos que hacer? ¿Olvidar todas las esperanzas y sueños que alguna vez tuvimos, y redibujarlas en un contexto de jodidos? ¿Trabajar sin seguridad social, resignarnos a una edad de jubilación avanzada, vivir siempre en régimen de arrendamiento, posponer bodas, hijos… y así? A la mierda.

Ningún libro o profesor me está contando cómo ha cambiado el mundo en los últimos cuatro años. Lo estoy viviendo. Trato de comprenderlo. Y, puta madre, lo estoy sintiendo. Definitivamente, esta parece una época fértil para sembrar uno de aquellos manifiestos.



Mitología

Probablemente empecé a pensar todo esto mientras recorría la planta de esculturas clásicas del Louvre. O incluso antes, en la sala de escultura del Museo Nacional, en Estocolmo, donde la experimentación museográfica con diferentes iluminaciones a los bloques de mármol me hizo pensar a esos personajes desde diferentes ángulos.

¿Alguien se molestó en preguntarle a Perséfone si era más feliz con Ades en el inframundo que con su madre Deméter en las praderas? Ya sé que la onda de ese mito era explicar la estacionalidad de la tierra, pero Perséfone no termina ahí. Y es justo eso, una luz distinta sobre los personajes, la que revela nuevas rebabas y recovecos en su superficie. Incluso puede hacerla brillar tanto que uno puede reflejarse y reconocerse.

Algunas preguntas no encuentran respuesta en un plano puramente racional. La Filosofía ha recurrido al lenguaje del mito para aclarar cuestiones que nos angustian, como la muerte, el sufrimiento, el origen y el final del mundo, etc.

Los mitos me ofrecen la verdad de la imaginación tan individual como occidental como universal. Los prefiero sobre la verdad científica de argumentos racionales, cálculos y un discurso críptico que algunos iluminados convienen y entienden. YO soy una heroína, desobedezco a los dioses en mis impulsos EGOÍSTAS y lucho contra los monstruos de MI mente. Tengo un destino propio, y siento el llamado a descubrirlo.

Tal vez esa era la desesperación de la que hablaba hace unos meses. Tal vez esto será la única y mejor aplicación en primera persona de lo aprendido en mi clase de narratología –destinador :: destino-tarea :: destinatario. Sólo tengo una oportunidad para hacer las cosas bien; no quiero ser el Prometeo del inconsciente violado eternamente.

Elijo los mitos también porque expresan un inmenso e inmemoriable  anhelo por encontrar sentido en una sociedad cada vez más secular… e igualmente susceptible a aglutinarse en torno a sectas y ondas new age. Prefiero estas historias clásicas que todos conocemos porque están presentes en todos –TODOS– los aspectos de nuestra vida cotidiana, pues fueron mitos los que facilitaron nuestro proceso de socialización infante, de acuerdo con Jung.

El universo mitológico me da para explorar múltiples radios del mundo, nunca neutrales. Porque es cierto eso de que “aquí aprendemos a reír con llanto y a llorar con carcajadas”, como recitaba mi amigo Pony en la primaria, en su majestuosa interpretación de un poema de Juan de Dios Peza. Tragedia y Comedia son dos caras de una misma moneda. La esencia de la vida es también dialéctica.



He’s my home

The Devil's Tears, by Angus and Julia Stone

Again, taken from Angus & Julia Stone’s album Down The Way.




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